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Un homenaje a los pescadores en la crónica diaria con "Jinetes del mar".

Margullando
"Jinetes del mar"
Forman parte del paisaje de Las Canteras incluso desde antes de que en ella existiesen duchas, hamacas, palmeras o incluso barandilla, porque ellas ya estaban allí cuando la playa todavía no se consideraba un lugar de recreo y descanso, sino de trabajo. Tienen nombres tan evocadores como La Gaviota Azul, Marutxa, o Mariposa de Luz, y otros mucho más terrenales, pero no por ello menos sonoros, como Felipín o Juan el Cojo, probablemente en honor a los que fueron, o quizás sigan siendo, sus patrones. Son los jinetes del mar, barcas rojas, verdes, blancas y amarillas, que destacan sobre el fondo azul del inabarcable océano, mientras se mecen suavemente con el vaivén de las olas, y sin ellas el hermoso cuadro que compone el conjunto de elementos únicos y especiales en todos los casos, que conforman nuestra querida playa, indiscutiblemente no sería el mismo.
Al timón de estas pequeñas embarcaciones van siempre manos expertas, curtidas por el sol y la sal, que saben por donde atravesar la barra sin dañar el casco con las rocas del fondo, dónde fondear para encontrar los mejores bancos de peces, o cardúmenes, cuando sacar sus barcas a tierra para calafatearlas, cuando la mar vendrá brava y arrastrará con ella alguna de sus pequeñas naves si no son precavidos… Aprendieron el canto de la morena, a “pulpiar” y mariscar, y aprendieron, sobre todo, a pescar, porque sus padres, abuelos y tíos les trasmitieron la preciada información cuando eran aún unos chiquillos llenos de curiosidad y entusiasmo, que correteaban en torno a los mayores y daban manotazos a las gaviotas que intentaban apoderarse de parte del botín. Ahora han trascurrido ya algunos años desde que recibieron de sus mayores tan valiosa herencia, años que han pasado faenando en aguas del Confital, la Isleta y el Norte, guiando con mano firme el timón de su propiedad más preciada, por ser su medio de sustento.
Antes venían trasmallos y nasas llenos a rebosar. Sargos, salemas, samas, viejas y bocinegros, entre otros, coleaban y boqueaban en el fondo de la embarcación y llegaban, fresquitos, a restaurantes y vecinos… Ahora, con la pesca profesional, las cofradías y las nuevas regulaciones del ayuntamiento, cada vez es más difícil mantener la tradicional “pesca de barquillo”, o artesanal, y muchos, los menos osados, o quizás menos persistentes, hace tiempo ya que colgaron redes y aparejos, y se conforman con salir a la mar de vez en cuando. Cambiaron las cañas por martillos, llaves o cables, los botes por furgonetas o motocicletas, la sal, por aceite, el mar, por la tierra, pero sus corazones siguen cabalgando entre las olas, porque los hijos del mar pertenecen al mar, y a él volverán siempre que puedan.
Por María Sánchez Lozano
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"Jinetes del mar"
Forman parte del paisaje de Las Canteras incluso desde antes de que en ella existiesen duchas, hamacas, palmeras o incluso barandilla, porque ellas ya estaban allí cuando la playa todavía no se consideraba un lugar de recreo y descanso, sino de trabajo. Tienen nombres tan evocadores como La Gaviota Azul, Marutxa, o Mariposa de Luz, y otros mucho más terrenales, pero no por ello menos sonoros, como Felipín o Juan el Cojo, probablemente en honor a los que fueron, o quizás sigan siendo, sus patrones. Son los jinetes del mar, barcas rojas, verdes, blancas y amarillas, que destacan sobre el fondo azul del inabarcable océano, mientras se mecen suavemente con el vaivén de las olas, y sin ellas el hermoso cuadro que compone el conjunto de elementos únicos y especiales en todos los casos, que conforman nuestra querida playa, indiscutiblemente no sería el mismo.
Al timón de estas pequeñas embarcaciones van siempre manos expertas, curtidas por el sol y la sal, que saben por donde atravesar la barra sin dañar el casco con las rocas del fondo, dónde fondear para encontrar los mejores bancos de peces, o cardúmenes, cuando sacar sus barcas a tierra para calafatearlas, cuando la mar vendrá brava y arrastrará con ella alguna de sus pequeñas naves si no son precavidos… Aprendieron el canto de la morena, a “pulpiar” y mariscar, y aprendieron, sobre todo, a pescar, porque sus padres, abuelos y tíos les trasmitieron la preciada información cuando eran aún unos chiquillos llenos de curiosidad y entusiasmo, que correteaban en torno a los mayores y daban manotazos a las gaviotas que intentaban apoderarse de parte del botín. Ahora han trascurrido ya algunos años desde que recibieron de sus mayores tan valiosa herencia, años que han pasado faenando en aguas del Confital, la Isleta y el Norte, guiando con mano firme el timón de su propiedad más preciada, por ser su medio de sustento.
Antes venían trasmallos y nasas llenos a rebosar. Sargos, salemas, samas, viejas y bocinegros, entre otros, coleaban y boqueaban en el fondo de la embarcación y llegaban, fresquitos, a restaurantes y vecinos… Ahora, con la pesca profesional, las cofradías y las nuevas regulaciones del ayuntamiento, cada vez es más difícil mantener la tradicional “pesca de barquillo”, o artesanal, y muchos, los menos osados, o quizás menos persistentes, hace tiempo ya que colgaron redes y aparejos, y se conforman con salir a la mar de vez en cuando. Cambiaron las cañas por martillos, llaves o cables, los botes por furgonetas o motocicletas, la sal, por aceite, el mar, por la tierra, pero sus corazones siguen cabalgando entre las olas, porque los hijos del mar pertenecen al mar, y a él volverán siempre que puedan.
Por María Sánchez Lozano
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