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La Crónica veraniega, hoy; "Al caer el sol".

Margullando
"Al caer el sol"
Cae el sol. El mar trae una brisa fresca que arrastra el intenso calor de la jornada. Los últimos rezagados en la playa recogen toallas y sombrillas y los padres enjuagan cubos y palas, mientras las madres sacuden los últimos restos de arena antes de regresar a casa. Ha sido un buen día… En la avenida, los negocios encienden su iluminación nocturna y comienzan a llegar los primeros comensales a los restaurantes, guiris en su mayoría, porque aún no son horas de que cenemos los paisanos. Algunos pasean saboreando un helado para aplacar los calores, otros se sientan en las terrazas a tomar una cerveza bien fresquita o incluso un cóctel, hay muchos que hasta se atreven a abrirse paso entre la muchedumbre que atesta el paseo para hacer un poco de ejercicio vespertino.
Al poco, ya al amparo de la oscuridad, empiezan a hacer su aparición los vendedores ambulantes, que asaltan al transeúnte, inmunes a su reiterado rechazo, ofreciendo insistentemente su mercancía de dudosa procedencia: Subsaharianos de piel oscura y dientes blanquísimos que muestran gafas de sol, collares y llaveros y orientales de ojos rasgados y pelo negro que llevan rosas, peluches y baratijas de colores, en su mayoría. Algunos montan sus puestos callejeros con apenas unas burras, un par de tablones y unas telas vistosas, y venden pulseras y pendientes artesanales, sombreros y pañuelos, cuentas y abalorios, y los artistas exponen sin pudor sus cuadros y esculturas sobre una sábana extendida en los adoquines del paseo. Quizás hoy haya suerte y vendan algo.
Hay mujeres vestidas con la indumentaria tradicional del norte africano que ocupan los blancos bancos de piedra y los utilizan como expositor para mostrar su mercancía. Una, incluso, increpa a un paseante que intenta apartar las bagatelas para sentarse a contemplar la puesta de sol. De poco ha servido la iniciativa que tuvo el ayuntamiento hace unos años, de colocar un respaldo en medio de los anchos bancos para evitar este tipo de situaciones.
Y es que aunque durante los días luminosos de baños de mar y sol sea casi imposible encontrar en la playa poco más que nativos y algún extranjero que no encontró el camino al sur, cuando oscurece, Las Canteras se convierte en el punto de encuentro donde se dan cita decenas de nacionalidades, una torre de Babel de lenguas, razas y religiones de pacífica convivencia, en la gran mayoría de los casos, donde todos tienen cabida.
Empieza a hacerse tarde. Las parejas de enamorados pasean cogidos de la mano, los amigos se reúnen en la arena para jugar un improvisado partido de fútbol o vóley, los niños bostezan y gaviotas y palomas parten hacia sus refugios nocturnos. Mañana, será otro día.
Por María Sánchez Lozano
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"Al caer el sol"
Cae el sol. El mar trae una brisa fresca que arrastra el intenso calor de la jornada. Los últimos rezagados en la playa recogen toallas y sombrillas y los padres enjuagan cubos y palas, mientras las madres sacuden los últimos restos de arena antes de regresar a casa. Ha sido un buen día… En la avenida, los negocios encienden su iluminación nocturna y comienzan a llegar los primeros comensales a los restaurantes, guiris en su mayoría, porque aún no son horas de que cenemos los paisanos. Algunos pasean saboreando un helado para aplacar los calores, otros se sientan en las terrazas a tomar una cerveza bien fresquita o incluso un cóctel, hay muchos que hasta se atreven a abrirse paso entre la muchedumbre que atesta el paseo para hacer un poco de ejercicio vespertino.
Al poco, ya al amparo de la oscuridad, empiezan a hacer su aparición los vendedores ambulantes, que asaltan al transeúnte, inmunes a su reiterado rechazo, ofreciendo insistentemente su mercancía de dudosa procedencia: Subsaharianos de piel oscura y dientes blanquísimos que muestran gafas de sol, collares y llaveros y orientales de ojos rasgados y pelo negro que llevan rosas, peluches y baratijas de colores, en su mayoría. Algunos montan sus puestos callejeros con apenas unas burras, un par de tablones y unas telas vistosas, y venden pulseras y pendientes artesanales, sombreros y pañuelos, cuentas y abalorios, y los artistas exponen sin pudor sus cuadros y esculturas sobre una sábana extendida en los adoquines del paseo. Quizás hoy haya suerte y vendan algo.
Hay mujeres vestidas con la indumentaria tradicional del norte africano que ocupan los blancos bancos de piedra y los utilizan como expositor para mostrar su mercancía. Una, incluso, increpa a un paseante que intenta apartar las bagatelas para sentarse a contemplar la puesta de sol. De poco ha servido la iniciativa que tuvo el ayuntamiento hace unos años, de colocar un respaldo en medio de los anchos bancos para evitar este tipo de situaciones.
Y es que aunque durante los días luminosos de baños de mar y sol sea casi imposible encontrar en la playa poco más que nativos y algún extranjero que no encontró el camino al sur, cuando oscurece, Las Canteras se convierte en el punto de encuentro donde se dan cita decenas de nacionalidades, una torre de Babel de lenguas, razas y religiones de pacífica convivencia, en la gran mayoría de los casos, donde todos tienen cabida.
Empieza a hacerse tarde. Las parejas de enamorados pasean cogidos de la mano, los amigos se reúnen en la arena para jugar un improvisado partido de fútbol o vóley, los niños bostezan y gaviotas y palomas parten hacia sus refugios nocturnos. Mañana, será otro día.
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