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"Sustos y arrechuchos" en nuestra columna de este jueves.

Margullando
"Sustos y arrechuchos"
Hay ocasiones en las que nuestra querida playa, como todas las cosas buenas de esta vida, también nos da algún que otro susto: Un revolcón de las olas durante las mareas del Pino, resbalones varios en el musgo de la barra que acaban con nuestras posaderas aterrizando dolorosamente sobre la roca viva, el pinchazo de algún erizo porque olvidamos calzarnos las “calamares” para andar entre las rocas, la picadura de una aguaviva porque hacemos oídos sordos a la prohibición del baño cuando estas sinuosas y peligrosas criaturas andan cerca , o incluso, lamentablemente, algún “guiri” despistado que se toma demasiadas libertades con el mar y aparece flotando boca abajo, y discúlpenme la macabra recreación de la escena.
Quién de nosotros no ha presenciado, o incluso sufrido, aparatosas caídas en la avenida, llantos desconsolados de niños perdidos que no encuentran a sus padres, la desesperación y la ira de las víctimas de algún hurto que los ha dejado sin móvil o sin reloj, quemaduras severas por sobre-exposición al sol sin protección, el famoso y tan temido corte de digestión de un glotón imprudente y algún que otro percance que en la mayoría de los casos sólo nos fastidia el día de playa, pero en otros pueden llegar a ser verdaderamente graves.
De estos últimos presencié el otro día un episodio que me dejó con mal cuerpo toda la jornada:
Durante una de mis caminatas diarias en las deliciosas mañanas de las Canteras, un señor, que hacía tiempo ya que había sobrepasado el medio siglo, me adelanto corriendo con bríos de maratonista. El paisano tenía unos cuantos kilitos de más, peinaba alguna cana sobre su cráneo lampiño y resoplaba ostensiblemente, evidentemente sobrepasado por el esfuerzo. Al poco lo perdí de vista, porque el buen hombre iba a una velocidad muy superior a la mía, y yo lo olvidé por completo, hasta que, bastante más adelante, contemplé una escena que me encogió el corazón: El hombre yacía sobre los adoquines de la avenida, sujetándose el brazo izquierdo con la mano derecha y con evidente expresión de dolor. Una pareja de policías locales que, benditos sean, por una vez estaban donde debían, lo asistían en lo que probablemente había sido un infarto, y mientras la agente acunaba al hombre en su regazo con palabras tranquilizadoras, su compañero llamaba por la emisora.
Me acerqué para ofrecer mi ayuda, pero en realidad ya poco podía hacer, más que rezar para que la ambulancia no tardase demasiado, porque ya se sabe la importancia vital que cobra el tiempo en estos lances. Mis rezos fueron oídos y poco después llegó la asistencia, y yo me fui de allí pensando que probablemente nunca conocería el paradero de aquel hombre.
Por María Sánchez Lozano
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"Sustos y arrechuchos"
Hay ocasiones en las que nuestra querida playa, como todas las cosas buenas de esta vida, también nos da algún que otro susto: Un revolcón de las olas durante las mareas del Pino, resbalones varios en el musgo de la barra que acaban con nuestras posaderas aterrizando dolorosamente sobre la roca viva, el pinchazo de algún erizo porque olvidamos calzarnos las “calamares” para andar entre las rocas, la picadura de una aguaviva porque hacemos oídos sordos a la prohibición del baño cuando estas sinuosas y peligrosas criaturas andan cerca , o incluso, lamentablemente, algún “guiri” despistado que se toma demasiadas libertades con el mar y aparece flotando boca abajo, y discúlpenme la macabra recreación de la escena.
Quién de nosotros no ha presenciado, o incluso sufrido, aparatosas caídas en la avenida, llantos desconsolados de niños perdidos que no encuentran a sus padres, la desesperación y la ira de las víctimas de algún hurto que los ha dejado sin móvil o sin reloj, quemaduras severas por sobre-exposición al sol sin protección, el famoso y tan temido corte de digestión de un glotón imprudente y algún que otro percance que en la mayoría de los casos sólo nos fastidia el día de playa, pero en otros pueden llegar a ser verdaderamente graves.
De estos últimos presencié el otro día un episodio que me dejó con mal cuerpo toda la jornada:
Durante una de mis caminatas diarias en las deliciosas mañanas de las Canteras, un señor, que hacía tiempo ya que había sobrepasado el medio siglo, me adelanto corriendo con bríos de maratonista. El paisano tenía unos cuantos kilitos de más, peinaba alguna cana sobre su cráneo lampiño y resoplaba ostensiblemente, evidentemente sobrepasado por el esfuerzo. Al poco lo perdí de vista, porque el buen hombre iba a una velocidad muy superior a la mía, y yo lo olvidé por completo, hasta que, bastante más adelante, contemplé una escena que me encogió el corazón: El hombre yacía sobre los adoquines de la avenida, sujetándose el brazo izquierdo con la mano derecha y con evidente expresión de dolor. Una pareja de policías locales que, benditos sean, por una vez estaban donde debían, lo asistían en lo que probablemente había sido un infarto, y mientras la agente acunaba al hombre en su regazo con palabras tranquilizadoras, su compañero llamaba por la emisora.
Me acerqué para ofrecer mi ayuda, pero en realidad ya poco podía hacer, más que rezar para que la ambulancia no tardase demasiado, porque ya se sabe la importancia vital que cobra el tiempo en estos lances. Mis rezos fueron oídos y poco después llegó la asistencia, y yo me fui de allí pensando que probablemente nunca conocería el paradero de aquel hombre.
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