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En la crónica de cada día de verano: "cenizas".
"Cenizas"


Un buen amigo, tan enamorado de la playa de las Canteras que no puede pasar ni un solo día sin pisarla, nadarla, bucearla, navegarla, o lo que sea que le permita disfrutarla, me contaba el otro día que había salido a dar un paseo en su zodiac y había tenido una experiencia bastante extraña, un puntito desagradable y, por tanto, digna de que yo la comparta hoy con ustedes, aunque les advierto, para evitar posteriores decepciones, que el asunto no tuvo nada que ver con avistamiento de ballenas azules, tiburones blancos, delfines grises, ni plateadas sirenas.
La cosa fue así: Al parecer, estaba mi amigo regresando de un chapuzón en el Confital, cuando ve algo que flota a la deriva y que, desde la distancia, bien podía haber sido tanto una boya perdida como una pequeña caja. Intrigado, decide navegar hasta donde se encuentra el misterioso objeto e inspeccionarlo, porque ya se sabe eso que dicen de que la curiosidad mató al gato, y mi amigo, como buen lobo de mar, cree aún en mapas escondidos en botellas e islas del tesoro por descubrir. Pero cual sería su sorpresa cuando, al ir a sacarlo del agua, se da cuenta de que el extraño objeto, que ya de cerca más parece una maceta boca abajo, no es otra cosa que una urna funeraria y, teniendo en cuenta lo que pesaba, con las cenizas aún dentro. Evidentemente, mi amigo tardó un nanosegundo en soltar tan macabro descubrimiento y, presa de un ataque de mal rollo, se alejó de allí como alma que lleva el diablo, confiando en que la urnita de marras fuera biodegradable y preguntándose quien habría sido el alma de cántaro, nunca mejor dicho, y perdónenme, que había tirado al mar las cenizas del pariente, con urna y todo.
No obstante, mi amigo y yo llegamos a la conclusión de que es más que probable que este no sea un caso aislado, porque, aunque la ley lo prohíbe categóricamente, cada vez son más las personas que, o bien cumpliendo la última voluntad de su ser querido, o bien de motu propio, deciden tirar los restos incinerados de sus allegados a las tranquilas aguas de la bahía de las Canteras o sus alrededores, y yo no sé a ustedes, pero lo que es a mí, la idea de encontrarme una urna llena de cenizas mientras me doy un chapuzón, no me hace la más mínima gracia.
Así que señores, un poquito de por favor. Si les hace ilusión que los tiren al mar cuando pasen a mejor vida, pidan a sus familiares y amigos que contraten un barco y vacíen la urna cerca de delfines y ballenas, no de los bañistas.

Por María Sánchez Lozano

Crónicas anteriores:

>> ¡Atención, atención…!<<



>> Sopita y pon<<



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>> Chándales y lycras<<



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>>"Amores de verano"<<




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