La playa de Las Canteras atesora con orgullo una de las más preciadas joyas de la ciudad: la barra grande. Este arrecife natural de origen calcáreo, de miles de años de antigüedad, convierte a Las Canteras en una especie de laguna idílica ajena a las corrientes en horas de bajamar y constituye la base de un ecosistema marino único en el archipiélago.

Combatiento año tras año contra el imparable desarrollo urbanísitico y la acumulación de arena, el arrecife sobrevive indemne y altivo ofreciendo a sus visitantes una de las mejores experiencias imaginables: subirse a la barra en horas tempranas y caminar descalzo sobre sus más de 800 metros de longitud, mirando hacia el mar y sintiéndose más atlántico que nunca.


   
Dada su gran longitud, el fondo marino de la barra presenta una gran variedad de paisajes. Predomina el sustrato rocoso, donde podemos encontrar piedras de todos los tamaños. Algunas yacen desnudas, exponiéndose a la erosión marina, mientras otras se presentan cubiertas de una gran variedad de algas. A lo largo de todo este tipo de suelo abundan cuevas y rajones, hogar de multitud de especies.

También están presentes los demás tipos de fondo característicos de Las Canteras, como las grandes superficies arenosas, las praderas de algas verdes, o un tipo de fondo mixto donde arena, piedra y alga forman un rico sustrato favorable para el desarrollo de la vida.


   
La escasa profundidad presente en los aledaños de la barra permite a la luz solar penetrar con facilidad en estos fondos, razón por la que proliferan las algas en la zona.

Aunque la gran variedad existente hace posible ver curiosas especies como la liágora o la jania rubens, el alga por excelencia aquí es la cymopolia, que llega a formar grandes praderas. Este hipnótico color verde, visible incluso en fotos aéreas a marea vacía, es uno de los sellos de identidad de la bahía del Confital.

A veces entre la cymopolia asoma tímidamente algún resto de sebadal, recuerdo de un tesoro biológico de antaño que hoy yace enterrado en la arena.


   
Observando detenidamente los muchos invertebrados que frecuentan los aledaños de la barra uno comprende por qué este ecosistema se considera único en el archipiélago.

Semiescondidos entra las piedras, arrastrándose en suelo rocoso, ocultos en cuevas o sobre la misma barra con la marea baja, encontramos un gran número de invertebrados de difícil enumeración.

Ilustres cefalópodos como el choco y el pulpo, erizos de todos los colores, anémonas, cangrejos ermitaños y bellísimos nudibranquios conviven con ejemplares característicos de la zona como la esponja verongia o el piojo que acompaña a la mayoría de las viejas.


   
El mayor tesoro de la barra lo constituye sin duda la tremenda variedad de peces que la habitan. A pesar de la poca profundidad existente, una búsqueda paciente y continuada nos revelará una diversidad impresionante, señal inequívoca de la buena salud de estos fondos.

Desde los peces habituales del mar canario como la fula, la lisa, la vieja o el sargo hasta animales menos comunes como la morena pintada o la bicuda, cualquier avistamiento es aquí posible. En un día con suerte podemos toparnos con abades de diversa coloración, simpáticos meros, o incluso con algún pez tropical desorientado, aunque sin duda las especies más emblemáticas son la singular Carmelita y las enormes salemas engordadas a base de pan.